lunes, 12 de marzo de 2007

Memoria


La memoria tiene rincones extraños. Espacios en blanco y negro que permanecen agazapados sin que nadie sepa de su existencia. "Hola, soy tu pasado, hace tiempo que decidiste solaparme con otros recuerdos, pero aquí sigo, soy parte de ti", te dicen un día. Dani y yo, pitillo de sobremesa, discutíamos el sábado sobre si el pretérito existe o, como dice el Chapa, es posible escapar de él. Habitualmente prosaico y bastante tendente a la gamberrada, se incorporó en la cama -el destartalado diván desde dónde intenta entender el mundo- para decirme muy serio: "Nena, no te engañes. Siempre está ahí, te lo digo yo que casi me licencio en Historia... no me vengas con tonterías".
A veces el pasado pesa como una losa enorme e inservible. A veces, duele o avergüenza. Otras, es ligero como un beso descuidado, cálido como una palmada en la espalda o un guiño de complicidad en mitad del frio.
Mi hermano prestado, que me hace las veces de disco duro de seguridad, disfruta a menudo recordándome retazos de la vida que ya no es, episodios -la mayoría delirantes- de una existencia que sólo recuerdo porque esta él para tirarme de la coleta y decirme:"Cari, menuda memoria".
El domingo reencontré a una de esas personas que guardan piezas perdidas del puzzle de mi vida. Todos tenemos muchos alrededor. Los hay que custodian con rabia o recelo, que esconden capítulos y vuelven la cara, como si nunca hubieras sucedido. Los hay que te guardan con cariño, en el armario de las cosas bonitas, de los buenos momentos.
El domingo tropecé con alguien que atesoraba trozos de quien era yo hace diez años, antes de las primeras patas de gallo y también del amor y de la muerte. Al principio, me costó reconocerme en aquel retrato. Demasiado niña, demasiado despreocupada y hasta algo irresponsable.
"Ya entonces tenías los remaches bien fuertes", soltó con una sonrisa antes de que una lagrimilla esquiva empezara a temblarme entre el rimmel y el ojo...
Dicen que la gente no cambia y, quizás, para algunos, sea cierto. Yo descubrí anoche que había crecido mucho, por dentro y a lo ancho, en el hueco inmenso entre las costillas. También que una nunca está sola ante el olvido. A veces, una mano conocida, mientras compartes la tercera cerveza, te invita a dar un paseo por tu propia historia, a reinterpretarla y mirarla con cariño.
"Ya sabes que para mí los recuerdos son presente".
Sonríes y respiras hondo, a veces no está tan mal escarbar entre las raíces...

2 comentarios:

María Coronada dijo...

ayssss

tatidekai dijo...

genial... ya me contaras quien fue tu musa