martes, 13 de marzo de 2007

El sexo y el poema


Corría el año 1997 y un profesor de literatura con barbas pelirrojas y ojos muy azules, muy abiertos, aprovechaba los últimos días de curso, el tiempo regalado tras haber cumplido el programa, para agarrar del brazo a los que quisieran y darles una vuelta sobre aquello que no sería asignatura obligatoria. Fuera hacía sol y en clase, muchos se agitaban en la silla con ganas de confundirse entre las palomas de San Agustín, de quedarse quietos a verlas venir sentados en el banco verde, con los pies sobre lo que tenía que haber sido el asiento.
El profesor de literatura, de escena en sus ratos libres, sacó de la carpeta, como un tesoro, un puñado de poemas... Allí nos habló de Campanades a morts, de Brassens y de un universo de voces, de plumas e historias que sólo tenían entre sí la conexión de su propia vida, de las cosas que le habían sacudido y forjado para siempre.
"Esta era la poetisa de nuestros sueños", exclamó abriendo mucho los párpados con mirada pícara. "Mientras todos hablaban de política, mientras la mujer se debatía en el que seré a partir de ahora, una joven de San Fernando escribía un poema así".

Flores, pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios
la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya conoce mi lengua las más suaves estrías de tu oreja
y es una caracola.
Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu cuerpo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ni siquiera a la propia Ana Rossetti le gusta volver sobre la poesía erótica de Los devaneos de Erato de la que la separan casi 26 años. Ha pasado mucho tiempo pero la gente continúa sonrojándose con esta suerte de oralidad poética...
Aquella tarde de mayo, en el último piso de un instituto que cerró para siempre, los que estaban atentos descubrieron, de repente, cuánta poesía puede encerrar el sexo, incluso en su manifestación íntima y salvaje. Algunos tardaron en pillar la acción que se escondía tras los versos... otros se agitaron nerviosos...
Ayer mientras hablaba con Rossetti sobre si existió o no la liberación sexual me sorprendió, una vez más, con su teoría sobre la genitabilidad... sobre la inmediatez sexual que nos frustra y nos impide conocer -aunque sea por segundos, horas, días- a las personas con las que fundimos nuestros cuerpos...
En un mundo de velocidades y superficialidades, las palabras de la poetisa me volvieron a parecer increíblemente revolucionarias...
Y es que... ¿Somos tan valientes como para desnudarnos de verdad ante los otros?

3 comentarios:

Anónimo dijo...

escribe el critico anónimo , no suelo mostrar notoriedad pero en este caso hare una excepsion , este articulo es de lo mejorcito que he leido ultimamente

Gonzalo Höhr dijo...

Es una maravilla encontrar gente que se acuerda de aquellas personas que hace ya muchos años y de manera desinteresada sembraron en nosotros mismos lecciones para toda la vida. Aprovecho ahora para recordar al siempre presente Don Francisco. Gracias a él ... y a tí.

Fátima Vila dijo...

;-)