martes, 12 de febrero de 2008

El truco

Los adultos tenemos una especial capacidad para olvidar las cosas verdaderamente útiles. Ésas que tienen que ver con arrancar carcajadas a golpe de cosquillas o deleitarse en ensoñaciones que no llevan a ningún sitio. Los adultos tenemos una especial tendencia a subestimar los logros que alcanzamos de pequeños, cuando las cosas eran más grandes y los enemigos, aunque resulte raro, parecían más fieros. Tal vez porque hacerse mayor lleva parejo una dosis de seriedad que dicen que viste mucho, a menudo la madurez llega acompañada de un absurdo miedo al ridículo, a la explosión de sentimientos, a lo simplemente sencillo. Por eso, disimulamos como cabales nuestras cesiones al miedo y asumimos como propias las castraciones que, sin pena de gloria, un día cualquiera, se nos pegan al cuerpo como mejillones a la roca.
El otro día, una vez más, amargada tras mi sino, lamentosa crónica como parece que me he vuelto últimamente, me encontró por los espacios de internet una muy lejana amiga. Andaba yo tirándome de las falanges (lo de los pelos resulta obsceno cuando hay público) cuando decidió compartir conmigo el truco de la pequeña Lorena. La niña que un día fue su hermana -la niña que quizás para siempre siga siendo- que le confesó un día con expresión sabia su infalible fórmula para escapar de lo feo.
Muerta de miedo en mitad de la sala de espera del dentista -¿existe pánico peor en la vida de un niño que la esterilizada cámara de ese extraño ser con olor a pánico?-, la pequeña Lorena jugaba a escaparse concentrándose en Heidi. Apretaba los puños, seguramente también los dientes, y se salía del cerco del aparataje estéril y el hilo musical para correr por los Alpes junto la niña de mofletes que, con probada eficacia, le arrancaba la sonrisa.
"Piensa en Heidi, nena, piensa en Heidi", me aconsejaba Noe como intentando prestarme mecanismos de evasión porque, como todos alguna vez nos repetimos, estonopuededurartodalavida...
Confieso que en los últimos días he pensado mucho en ella. En el vestido rosa correteando entre montañas, en Pedro, Niebla, Clara, el abuelo y eso panecillos con queso en cuya reproducción matérica mi madre invirtió tanto tiempo y dinero... He dado la vuelta a Heidi e imaginado a la pequeña Lore con sus ojos asustados. Las manos frías, la barriga revuelta. Los mismos síntomas que yo. Tan adulta, tan madura, tan seria y mayor. Los mismos síntomas que sentimos cualquiera a ver que de mayores pudimos esquivar los higadillos pero no las cosas que no nos gustan, las salas de espera que dan tanto miedo.
He pensado mucho en Heidi y, de repente, he encontrado mi propio tótem. Es una rata canija que todavía cree en los sueños, le gusta el pisto gabacho y, la encuentre dónde la encuentre, dondequiera que la imagine, consigue que a esta adulta cercada por el tedio, agotada de tanto esperar al dentista, se le escape una sonrisa.


3 comentarios:

Blanch dijo...

Me he emocionaó y tó :-)

noe dijo...

ufff!! qué miedo me ha dao leerte! has pasao tan cerca de lo que pensé al contártelo y después de hacerlo que asusta!!

uff!!


...un abrazo fuerte

Fátima Vila dijo...

Ya te dije, era la historia más bonita en mucho tiempo... :)