miércoles, 6 de febrero de 2008

El disfraz que nos desnuda


Hijo, ¿No puedes buscar otra cosa? Es que eso está mu visto » La peluquera sujeta el teléfono apoyándolo incómodamente entre hombro y ojera. Tiene las manos ocupadas en mi pelo, que va segando con mano diestra -lo comprobé, no tengo, a primera vista, ningún destrozo en mi melena-. «Mi novio, siempre igual -se explica- Que dice que este año vuelve a disfrazarse de puta».
A los que todavía nos atrevemos a sacar el hocico por la gran meadera del primer sábado de Carnaval nos queda claro que hay cosas que nunca cambian, razones más o menos desconocidas que nos llevan a repetir clichés cuando en esa noche de alcohol, oscuridad y alevosía, puedes, por unas horas, meterte en otra piel.
Todas, alguna vez, en esa hormoactiva adolescencia del primer acné, nos vestimos de guapas enfermeras. Todas nos negamos a perder el punto sexy y, todas, alguna vez, descubrimos el placer de ir hechas un mamarracho cuando las ganas de hacer el chorra anuncian que, irremediablemente, estás llegando a la madurez.
Hablaba Freud del conflicto femenino entre gustar al hombre y gustarse a sí misma. Al rollo enfermera/diablesa/animadora me remito. También del psicoanálisis como vía rápida para alcanzar nuestros más secretos anhelos, vectores invisibles bajo contradictoras conductas.
En estos días de lujuria y despiporre el disfraz me asemeja una suerte de vitrina onírica con la que ahorrarse una sesión de hipnotismo. Rodeada de piratas, bebés de chupete, inexplicables curas y monjas ligeritas; me sorprende, vuelve a sorprenderme, tanto machito ibérico -ejemplar tipificado en familias, vecindarios y pandillas- pintarrajeado de prostituta.

Publicado en La Voz de Cádiz el martes 5 de febrero.

No hay comentarios: