viernes, 13 de enero de 2012

Terapia

-Sabes que esto ya lo hemos hablado otras veces.

Ella dejó caer la barbilla y destensó los hombros. Notó cómo se le alojaba un nudo amargo alrededor de la garganta. Los ojos se le humedecieron. El cuello se giró evitando la mirada. Al otro lado de la mesa, el hombre mantuvo la suya uno, dos, tres segundos. El tiempo preciso para ver desarmarse, como un castillo de naipes, la figura escuálida que momentos antes había atravesado eufórica la puerta. Le había relatado con una enorme sonrisa sus avances, contado detalles y esperado anhelante su aprobación con esos mismos ojos solícitos de aquella primera vez hacía ahora muchos años. Minutos más tarde se despidió de ella y la acompañó  hasta la puerta. Aún notaba el calor, alojado en su mano tras el clásico apretón con el que se decían adiós, cuando volvió a su mesa. Como otras veces, un hormigueo eléctrico se deslizaba desde la punta de sus dedos, se alojaba en su palma, viajaba por las autopistas azules de sus arterías hasta el centro del estómago. Respiró hondo y notó cómo el corazón se calmaba. Se había descuidado, se dijo, debía estar más atento. Había estado muy cerca pero aquel giro, aquella frase lapidaria que tanto llevaba dentro, le garantizaba un nuevo encuentro. Al otro lado de la puerta, las voces cruzadas con la recepcionista, confirmaban que estaba pidiendo una cita y que la vería en la próxima consulta.


2 comentarios:

Jesús dijo...

Ella debería haber cambiado hace tiempo de terapeuta, porque ella encima paga, el colmo. Y él es un impresentable. Como verás, me tomo estas cosas en serio.

Fátima Vila dijo...

Como diría mi madre "corramos un estúpido velo"...