miércoles, 16 de enero de 2008

Implacables, líquidas

"Sólo las ollas saben los hervores de su caldo, pero yo adivino los tuyos…"

A veces la literatura ofrece resortes que la vida real nos niega. En noches de insomnio y moco feroz recuerdo a la protagonista de Como agua para chocolate. Un día, rompía a llorar y llorar hasta que se le abría un hueco en el pecho. Un hueco por el que, según la autora, “se le colaba un frío infinito”. Tita lloro y tejió, tejió y lloró hasta ver abrirse una sima que le perforó el esternón y le clausuró para siempre las glándulas lacrimógenas. Para desgracia de la imaginación, con el tiempo, he comprobado la increíble tenacidad de las lágrimas, su capacidad de resistencia, su infinita ferocidad para salir al encuentro de la muerte. Con el tiempo, alguna vez, más de una vez, si nos ponemos sinceros, he sentido ese frío infinito que atraviesa la piel a la altura de los pechos y te ahoga en la garganta. Nunca, por ahora, he podido beneficiarme de ese escancie definitivo que consolaba a la infortunada Tita.
Las lágrimas se retroalimentan y son capaces de sobrevivir al más frío de los empaques. Pueden hacerte gemir, gritar, retorcerte y apretar los dientes con la esperanza de que se acaben para siempre, de que esta vez sea la definitiva y, por fin, permitan que vivas tranquila sin el corazón cogido y un nudo feroz a la altura del vientre. Las lágrimas, todo parece indicar, no se acaban nunca, no te abandonan nunca. Y, si acaso, se pertrechan a un lado de tu cama para recordarte quién eres cuando los años –la experiencia- hace que te aventures a mirar más dentro y que pierdas las vergüenza. Entonces, es el fin. Entonces, ellas aprenden a mojarlo todo.
Como contrapartida a su especial capacidad para hacerte sentir incomprendido, un bicho raro en mitad de un mundo que funciona a base de glándulas resecas, las lágrimas enfrentan su vocación de bálsamo bendito. Y es que las fluidas gotas saladas ofrecen una caricia invisible que huele, como evoca un personaje de la novela que hay sobre mi cama, como misteriosamente lo hacen las madres. A ese aroma calmante que reúne todo lo bueno del mundo. Las lágrimas luchan contigo, te vencen y permiten que, rendida, levantes la vista para mirar un mundo calmo que se ha rehecho y, de repente, aquí y ahora, parece más bonito.
Las lágrimas nos hacen sentir más solos, pero nos despiertan más fuertes. Nos cogen de la mano y nos preparan, aunque agotados, para encarar sin desesperos la vida que nos aguarda impávida, como una amenaza, en la acera de enfrente. Mientras nos dura su efecto, somos más valientes, más enteros y diestros. Ellas, a la par, van poniendo en marcha su eterno funcionamiento: alimentándose de cosas feas, comiéndose penas y devorando miedos. Llenando cristalinos depósitos hasta estallar un día y regalarnos ese bienestar único de poner nuestra cuenta de dolor a cero.

2 comentarios:

coronada dijo...

querida...

...sólo eso: querida

Anónimo dijo...

¬¬ .... vaya vaya como cambia la gente