martes, 25 de septiembre de 2007

El lenguaje, los medios y el artificio


En la imagen aparece una acongojada familia bajando las escaleras de un juzgado. En el centro y con gafas de sol habla una mujer maltratada que denuncia una injusta sentencia. «Estoy destrozada. No voy hacer declaraciones...» El informativo del mediodía cambia de registro, un suceso macabro y luego se detiene en una humilde familia víctima de la meteorología: «Cuando nos dimos cuenta, el desastre ya había comenzado...». Mientras corto el último trozo de pechuga las palabras me martillean en la cabeza «declaraciones», «comenzar», «desastre», «comenzar»... Expresiones que no chirrían porque, tal vez, estamos empezando a acostumbrarnos, a asumir su lenguaje, a emularlos.


Dice el director de la RAE que lo que más le preocupa del lenguaje de los medios, de los medios audiovisuales, es el tonillo rimbombante, la manía de romper los ritmos y adoptar poses interesantes de los locutores del telediario. «Están rompiendo el tono normal del español y encima la gente cree que está bien hecho...» se lamenta el académico.


Frente a la pantalla, veo a la mujer de las gafas tornarse diva del colorín. No quiere «hacer declaraciones», que es lo mismo que querer que te dejen tranquila, que no querer hablar, pero más fino. Lo de la anciana que sostiene la escoba es todavía más sutil. Tiene que ver con el impasible ademán al pronunciar las eses líquidas, con la palabra desastre y el verbo comenzar... Ambos muy dignos pero metidos con deje artificial.


Los medios de comunicación cambian el mundo, nos cambian a nosotros y, tal vez, cualquier día, entre tanto boato y alarde interesante, nos cambien del todo. Terminemos llamando a un amigo para compartir una velada, para departir en evidente complicidad, en lugar de para echar un buen rato.


Publicado en La Voz de Cádiz el martes 25 de septiembre

2 comentarios:

spidergirl dijo...

yo, además, cuento con el lenguaje político-institucional. Desde la perspectiva subjetivamente parcial que me otorga mi posicionamiento eminentemente profesional creo que esta cuestión no es de recibo... JA!

Andres G. Latorre dijo...

Lo peor es lo que yo llamo el síndrome de Juan Cuesta, que se ha instalado en los presidentes de asociaciones de vecinos y de padres de Cádiz.

"Hemos mantenido un encuentro con el concejal para transmitirle el malestar por la contaminación acústica de la actividad comercial cercana", y demás.