miércoles, 22 de agosto de 2007

La mirada implacable


¿Las mujeres son más criticonas mirando que los hombres?


La cuestión no está en si se mira, en quién mira o a qué se mira. La cuestión, la que diferencia polos, géneros y estructuras sociales, está en la intensidad con la que se mira... Ni más ni menos, solo y sin sifón, licor puro de la verdad para explicar porqué él sabe quién es tu amiga la de los grandes pechos pero no la de los ojos verdes, el pelo grasiento o el grano en la frente. Una cosa divina, por otro lado, si tenemos en cuenta que toda una tarde pactando con el maligno -degollando animales vivos y prendiendo velas negras- para conjurar un incómodo forúnculo facial puede quedar en nada frente a una mirada absorta: «¿Qué dices que tienes qué? Anda ya...»

Que la mirada masculina es infinitamente más económica nadie lo discute. Es capaz de atisbar una idea general y resumirla en una frase perogrullesca que permita pasar pronto hacia otro tema. Esa diferencia frente a la implacable visión femenina, durante años interpretada como una tendencia a desollar a las demás miembros de nuestro género, tiene poco que ver con el afán competidor y sí con una inexplicable tendencia hormonal a complicarse la vida.

Ejemplo: «Este tío está rebueno», dice una. «Bueno, tú sabes... -añade la otra- Si te fijas bien la nalga izquierda anda caída, usa camisetas de cuello de pico y lleva perilla. Y mira, mira... Dos años, y la cabeza como una bombilla.»

La cuestión es que esta otra parte de las inspecciones, las que tienen que ver con hacerle la ITV al maromo de turno, tiene lugar en la más estricta intimidad femenina. En esas reuniones en la que alguno pagaría dinero por escuchar. En ésas, creanlo, a solas y sin espías, las celulitis de ésta o de la otra nos importa poquísimo. Estamos en nuestro terreno y, caballeros, no es entre nosotras donde nos mola destripar, que digo, observar. Glups.

Publicado en La Voz de Cádiz en La guerra de sexos el 19 de agosto

7 comentarios:

Luis dijo...

Umm, aunque se pueda generalizar, esto de fijarse va con cada persona. Bien es cierto que al tener gustos diferentes, cada uno se fija en lo que le interesa. Yo el otro día en la piscina, estuve sentado junto a dos niñas y una de ella parece ser que tenia una espesa pelambrera en el sobaco. Yo sólo me entere cuando la segunda chica me lo comento a posteriori. ¿Porqué no lo vi? ¿Sería que yo sólo tenía ojos para la segunda chica? ¿Porqué me lo dijo, si la de la mata es la mujer de un amigo? Quizás la cuestión no sea ver los detalles, si no hacérselos ver a los demás. O como se hace uso de la información. El comentario creo que se lo pudo haber ahorrado. Es más esa actitud me hizo plantearme algunas cuestiones, sobre la segunda chica. Y la próxima vez puede que no tenga tantos ojos para ella y me fije en las demás.

En fin, quizás las mujeres seáis más complicadas algo que parece decir y explicar Punset en la entrevista que le publico el semanal este fin de semana.
www.xlsemanal.com/web/articulo.php?id=19737&id_edicion=2327

La duda que me surge a mi es saber para que carajo quiere uno complicarse la vida pudiendo optar por la sencillez.

Aprendiz de Arpía dijo...

¿Grandes pechos?¿Pelo grasiento?¿Camisetas de pico? hummmmmmmmmmm.......¿de qué me suena todo esto? jejejejejejejeje

Fátima Vila dijo...

si la sencillez fuera una opción no existirían los psicoanalistas...

Luis dijo...

Y lo bien que viviríamos no necesitando psicoanalistas.

Andres G. Latorre dijo...

Hombre, doña Fátima, sería bueno que, puestos a entrar en la guerra (si es de sexo me apunto siempre) pusieras también las letras belicosas de mi artículo enemigo.

Un beso Karmele!!

Anónimo dijo...

De la mirada femenina lo que siempre me ha asombrado es su capacidad de captación y de síntesis. Ve lo que parece que no ha mirado y luego regurgita lo observado como en una especie de rumiante memoria. A un ejemplo me remito; hace unos días paseaba con mi mujer por la calle cuando nos cruzamos con una compañera de trabajo de ella a la que yo no conocía. Se saludaron de refilón y le comenté el hecho de que ni siquiera me había mirado. Al día siguiente mi mujer me explicó que esta compañera le había dicho que yo aparentaba ser más joven que la edad que tenía en realidad y que posíblemente fuera por mi mata de pelo, y que además era muy guapo.
Capacidad de captación de datos...sí señora.

P.D. Eso de guapo es literal, así que mi pudor me impide poner mi nombre....;-)

Besos

Fátima Vila dijo...

hecho. La otra parte del artículo de mi partenaire en debates sexistas: Andrés García Latorre.

Ojos de colmillo
«¿Has visto a esa tía? Con lo gorda que está no sé cómo se pone en top-less. Bueno, ¿y la morena esa? Lo único que quiere es que la miren, vaya buscona». Aunque parezca mentira, estos comentarios no vienen de mis amigos (cuyos piropos están más cerca de Benito, el de Manos a la obra, que de Rubén Darío) sino de mis amigas. En la playa, las mironas son ellas. Son como la oposición, lo hacen para despedazar sin piedad. Imagine a su novia con bigote (en algunos casos no es mucho esfuerzo) diciendo: «Márchese señora rubia de bote, hágale un favor a la playa».

No negaré que nosotros miramos, más por aquello de ver la tendencia en bikinis y en tatuajes (ejem, mi novia es suscriptora) que por lascivia. Pero ellas hacen auténticos estudios, repasos, oposiciones al cuerpo de sus compañeras de playa. Y siempre viendo la arruga en la panza ajena y nunca la estría en el propio. Misericordia para las gordas, crueldad y odio para las que se han machacado el invierno en el gimnasio, han hecho dieta o le han dado una comisión a algún santo por tener ese cuerpo. Y es que hay dioses muy prevaricadores, sólo hay que darse una vuelta por Santa María del Mar.

La mirada masculina es más inocente, más sencilla, más bondadosa. Siempre antecesora del piropo, precursora de la alabanza, aperitivo de palabras cuya reproducción supondría, a partes iguales, mi despido y mi divorcio. La que no es guapa es simpática, si no agradable, y si no «tiene mucha clase». Son ojos de un ser evolutivamente bien pensado, no de un carnívoro al acecho del antílope al que cazar o la víbora con la que competir. «Mira ese cuerpo, si yo me opero también estoy buena». Claro, y si yo hago Derecho soy abogado.