miércoles, 22 de agosto de 2007

El aroma, el recuerdo y la porquería


Lo de que los sentidos están íntimamente ligados a los recuerdos es un Mediterráneo que yo no voy a descubrir. Asociamos los aromas a una persona, a un momento, a un sentimiento que nos hace sentir mejores o peores de acuerdo con el instante asociado a tales partículas odoríficas.

Miope desde chica a pesar de las beldades de la técnica láser, soy de las narices especialmente sensibles. De esos apéndices exquisitos capaces de detectar el mal estado de un alimento en la nevera mientras subo por el ascensor hacia mi casa. «Creo que dejaste descubierta la fiambrera del gazpacho», «¿Pero qué dices? Joder...» El último taco –que también puede traducirse como interjección exclamativa– es la respuesta del interlocutor pasmado de turno, flipado por encontrarse ante una especie de híbrido entre mujer evolucionada y perro de presa.

Lo malo de ser tan sensible a los aromas es que junto a un maravilloso catálogo de recuerdos sensoriales –el primer amor, las primeras margaritas y el maravilloso tacto de las sábanas limpias, por citar– una se encuentra a merced de todo tipo de crueldades de la insensibilidad odorífica colectiva. La última de ellas se llama depuradora y está situada a escasos cincuenta metros de la vivienda de la firmante. Todo un derroche de porquería que amenaza mis experiencias actuales tiñéndolas de hedor a cañería.

Con la casa cerrada a cal y canto, y dada mi actual plenitud de vida, me pregunto si la crueldad municipal ante los vecinos de La Laguna terminará por crear en mí una especie de desviación sensitiva. Quizás, en unos años, detenida en una ciénaga cualquiera, me diga,: «Ummm... aroma inmundo a porquería... Cómo añoro aquel verano,años dorados, pestilentes, de mi vida».

Publicado en La Voz de Cádiz el 21 de agosto de 2007

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