martes, 12 de agosto de 2008

El hombre con valores

Es el modelo ineludible. El que luce pelo largo o corto, acento español o extranjero, manos finas o gruesas y vaqueros de marca o churripuercos. El chico ideal que aparece, majísimo, un día que a ti no te hace ni pajolera falta, el chico tan mono que se cuela en tu pandilla, te roba el alma y luego, mientras todavía intentas explicar en qué momento no viste el cambio, juega a dobles con ella, mientras tú esperas, entre narcotizada e idiota, a que todo vuelva al principio. Es el hombre imaginado, el que llevaba por delante una buena estrategia de public relations que, inexplicablemente, desaparece una tarde, al calor de la primera muestra de pasotismo, sin que tú te des ni cuenta. Es el rostro que alimentaba tus indignos sueños de casa adosada, cruceros improvisados por el Nilo, tardes de Mercadona y bebés rubicundos. El varón que un día despierta el genio de tus amigas que, en un iracundo gesto de falta de empatía, hacen estribillo esa frase manida: “¿Pero es que ese tío te da algo bueno?”
Entonces tú respiras, tragas amargamente tu orgullo y acumulada saliva y, con la vista en aquellos días de cenas románticas y conversaciones sobre el futuro, sueltas con un raquítico hilo de voz: “Es que tiene muchos valores”.
Los valores. Gran saco de sueños en los que reposan las primeras escapadas de fin de semana, los primeros planes, la primera conversación en la que el individuo en cuestión apuntó maneras de imbécil sin que tú quisieras darte cuenta. Los valores, invisible epígrafe de límites difusos dónde campan las imágenes de romance de tantos años tragando películas románticas, finales felices, hombres perfectos.
Los valores, - que deben ser algo así como el limbo, el sexo de los ángeles o el demiurgo - deben acumularse al principio y no requieren la carga pertinente de cualquier aparato de aire acondicionado. No deben requerir mantenimiento porque continúan siendo una excusa a la que agarrarse después del primer pollo público, del primer plantón, del tercer o cuarto mal detalle que, secretamente, decides no contar a nadie porque después. “Ellos se la pasan con que le deje, le deje y yo no quiero precipitarme”.
Precipitarse. El verbo temido. La dichosa mezcla de letras que habla de miedos y de fórmulas de autoengaño disfrazadas de gesto maduro. “Hija, ya no soy una niña, y no se puede juzgar a la gente así como así… -repetimos- Además, él tiene… muchos valores”. Y una muchas excusas y mucho miedo a aceptar que todo ser que no te hace sentir completa no es tu tipo. Qué bla-bla-blá bla-bla-blá, que será muy mono y muy relimpio pero no te deja el estómago en su sitio ni el corazón tranquilo.
El hombre con valores, inexplicable, siempre tuyo, siempre mío. Pobre víctima de los insultos de todos tus amigos. El hombre con valores, al que tu amiga defiende aunque por ello deba borrar para siempre tu número, aunque deje de hablarte por arpía, por lista, por andar dando consejos que nadie te ha perdido. El hombre con valores puede ser cualquiera, puede ser un buen hombre, incluso. Puede ser lo que queramos porque no se trata de un modelo sino de un arquetipo, una estructura previa que se mueve dentro de nosotras, en nuestra incapacidad para aceptar el dogma: que para estar mal acompañadas, mejor estar solas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya era hora de que me dedicaras un post!

no, en serio. Que te veo un poco taciturna. A ver que pasa con esa alegría característica. Que viene un invierno lleno de emociones y que no conviene rayarse tanto.

Desde que escapaste de la cueva de los 'quiero y no puedo' te tengo perdía la pista. Pero ese no es el único motivo de alegría, así que a ver esos posts, eh?? Que se note la boquita prestá.

idr.

Fátima Vila dijo...

un invierno lleno de emociones? miedo me da...