viernes, 1 de junio de 2012

La princesa, las pelusas y el armario


Está metida en ese rincón del armario junto a la horquilla oxidada y el puñado de pelusas. La imaginamos más fresca, con el vestido blanco o rosa, mejor peinada, por supuesto. La imaginamos con la cara lozana y fresca. Virginal, feliz, buena, bella, perfecta. Lleva los encajes de ese tiempo en el que nos gustaban los encajes. Los zapatitos blancos de niña buena. La sentimos dentro del corazón de nuestro armario y gustamos de acariciarla y alimentar su mundo. Es fácil. Sólo hay que encender la tele, enchufar una peli. Sólo hay que sentarse a recibir caricias de color rosa y olor a fresa. Películas de arrebatados finales felices, canciones de corazones rotos que resucitan por mor del amor eterno, leyendas sobre otras criaturas adorables que, desde la torre de su castillo, esperan el dorado final feliz en forma de príncipe inmaculado y valiente. Nosotras no nos damos cuenta, porque hace demasiado tiempo que está ahí, pero nuestro corazón late al compás de sus palmitas. Al ritmo que marcan sus expectativas cumplidas, los encuadres donde todo tiene su correspondiente color pastel y dónde en cada borde se pueden leer palabras de amor, de amor verdadero, of course. El amor de la única manera en la que ella lo entiende.

Todas –permítanme la injusta generalización- tenemos una princesa dentro del armario. Una criatura más o menos acicalada que tamiza y a veces machaca nuestros pasos por el mundo. Alimentada por esta industria cultural de mujeres elegantemente atadas por invisibles hilos de oro y plata –un material muy propio de la indumentaria monárquica-, nuestra princesa puede nacer en nuestra mismísima cuna. Puede echar a andar en ese momento en el que se despliegan los mecanismos inconscientes del enamoramiento materno -que luego pasa a ser paterno y si cabe más princesil- para sellar para siempre su vinculación con ese universo  patriarcal que ya está tan dentro nuestro que ni lo vemos. 

Las princesitas de nuestro armario pueden tener mucha o poca suerte. Pueden entroncar con una aristocracia similar que las llene de halagos y ser felices para siempre jamás o pueden dar en hueso. Véanse esos casos en los que una princesa ve la luz en un entorno hostil en el que nadie reconoce –ni celebra- las peculiaridades de su especie. Véanse esos casos que son la mayoría. Casos en los que las princesas del closet sufren secreta y más o menos calladamente hasta limitar su actuación a ciertos momentos clave, ciertas situaciones límite, en las que reclaman su posición de divas, el brillo de sus encajes, el amor de la única manera en la que ellas lo entienden.

Nuestra princesa heredada vive en el fondo de nuestro armario y, como la mayoría no sabemos que existe, no nos paramos a mirarla. No sabemos que es ella la que inspira muchos de nuestros desaires, ese catálogo de frustraciones de sentirnos no suficientemente cuidadas, queridas o celebradas; de necesitar un príncipe que nos halague y nos haga mimos, que nos regale joyas y nos lleve de paseo. “Pero vamos a ver, ¿no eres tú la que quiere ir al baile de máscaras? Pues saca las entradas y ya me dices a qué hora quedamos”. La princesa mira al plebeyo con el que tú compartes la vida con los ojos llenos de lágrimas. Los taconcitos blancos golpeando el suelo, llenos de rabia. Se pregunta dónde está la calesa, dónde está el brazalete de magnolias, en qué lugar quedó ese príncipe que le prometieron llegaría y que no se parece en nada a este individuo imperfecto y algo perdido que tú frecuentas. “Te mereces algo mejor”, susurra entonces la criatura sumiéndote en una confusión extraña en la que todo tu mundo, tus referencias, se dan la vuelta. La princesita saca la artillería, el catálogo de triunfos ajenos que, como estampitas, ha atesorado durante años. “Mira a Lady tal, mira a Lady cual, son taaaan felices”. 

Todavía preguntándote si sacarás por internet o en taquilla las entradas para el baile antes de que se acaben las buenas y muy pero que muy confusa, te paras en seco. ¿Lady qué? Observas las estampitas amarillentas y gastadas por los bordes, la vida de esas mujeres metidas en burbujas -las señoras de, la asustadas, las niñas eternas, las felices casadas, las madres abnegadas, las workaholics solitarias en busca del galán perfecto- y sabes que tienes un poco de todas pero también un poco de otra cosa. De esa otra cosa que te hacía jugar con princesas pero también grabar en el casette imaginarios programas de radio, inventar canciones y escribir historias de naúfragos. Te das la vuelta y la miras de frente. Sus cabellos desmadejados por el tiempo, su vestido gastado, las ojeras moraditas debajo de los ojos y los bracitos enclenques. Sabes que, como a ti, a tu princesa también le ha dado algún golpe la vida. Y te das cuenta de que lo ha llevado bastante peor que tú. Tiene los ojos vidriosos y el vestido sucio, esa pátina triste de vivir en un mundo antiguo, en el que las estructuras hacen mucho tiempo que no valen. Aferrada a esa tóxica forma de amor que es la única que ella entiende. 

Tienes la tentación de hacerle cosas malas, de librarte para siempre de ella y sus caprichos.

Esa noche no puedes dormir. Las dudas te asaltan. La opción de cargártela es una especie de eutanasia parcial y, bueno, ahora que la has visto de cerca sabes que no tiene tanto poder, que no es tan fuerte. Al día siguiente te tomas un té con ella y le planteas un pacto: "Te dejo ver alguna peli moña, pasar horas en L´Occitante y controlar mi Pinterest pero porfa, no me machaques tanto”. Ella deja caer los ojos, nunca dirá que sí porque las princesas nunca ceden, son orgullosas y desdeñosas por naturaleza. Inmutable en tu postura, vuelves a mirarla con cierta lástima y te das cuenta que le tienes cariño. Alargas la mano para retirarle alguna pelusa que le asoma por el pelo. Aunque sepas que volverá a escaparse del armario, que habrá veces que no podrá controlarse y te martilleará en la cabeza con su desgastada corona, le tienes aprecio. Ella no sabe lo bien  que una se siente cuando usa su VISA y sus patitas para ir al baile, cuando se escapa del castillo, decide su destino y no necesita estar divina para agradar a nadie. Antes de irse, lánguidamente, te toma con su manita blanca y helada para entonar su dramático adiós: “De acuerdo, pero no todo mi reino ha sido malo”.

La ves alejarse con su vestidito roidito y su tristeza y sonríes sin que ella te vea. Tiene razón, no todo su reino ha sido malo y hay hasta algún consejo del que no piensas desprenderte. Uno: jamás te fiarás de ninguna vieja que te ofrezca una manzana, de hecho, no te fiarás de nadie que gratuitamente te ofrezca una manzana. Dos: procurarás frecuentar príncipes o plebeyos que, aunque destronados, abdicados y confusos, sean capaces de tener algún detallito.  

Por que si no, How do you know he loves you? :b

3 comentarios:

Equilibrista dijo...

Cómo me emociona todo lo que escribes. Esto debería estar en el manual de las no-princesas.

Fatima Vila dijo...

:D

Anónimo dijo...

Genial. Versión escrita de un magnífico monólogo que pude disfrutar en directo. Por cierto, no sé yo pero me da que las princesitas disney no nos han hecho tanto daño como coplillas como ésta: http://www.youtube.com/watch?v=3FSn-ZSUbQo

OLIVA