martes, 13 de diciembre de 2011

Final feliz o Melodía de la semana pasada


Todos llorábamos. No un poco. Llorábamos mucho. Hombres, mujeres, sensibleros de catálogo y supuestas moles de hielo. Todos. Mirábamos al frente y moqueábamos porque estamos hartos de asistir a historias maravillosas que acaban en fundido a negro pero rara vez vivimos –o mejor dicho- nos dejamos vivir los finales grises de la carne. Finales que no tienen garantía de dos años, ni de cinco, ni de cien. Finales que a veces llegan después de otros finales que fueron dolor, o amor, o vida o muerte. Finales que son punto y aparte porque siempre, afortunadamente, continúan. Porque son más complicados, más llenos de matices que el negro perfecto que, si lo pensáis bien, no es más que la ausencia de color. Finales de un gris luminoso con punto y aparte. Finales tornasolados de punto y coma. Finales con coma a secas o suspensivos. Finales que son el comienzo de otra cosa.

Vestidos de fiesta asistimos, con la conciencia de estar haciéndolo, a este punto y aparte que nos dejaba llorar como niños. Niños que, por ese rato, vuelven a creer en cuentos de viajes fantásticos, en princesas robadas y segundas oportunidades. Porque, nos recordaba él, la vida de los hombres puede contarse de dos maneras. Como lo hacen los campesinos, de forma cíclica, animados por los ritmos de la luna, las estaciones, los días, las cosechas. Relatando y viviendo sin olvidar en todo momento que perpetúan un ciclo, un sino, un destino. Que andan, luchan y aman para volver una y otra vez a los comienzos, al terreno cultivado, al hogar seguro. Los hombres pueden contar la vida como campesinos o contarla como marineros. Obsesionados con el horizonte, con la sensualidad de lo extraño y lo complejo. Hombres de mar seducidos por la incertidumbre, por conocer otros puertos, por ver qué se esconde detrás de esa línea perfecta al final del agua, qué puede ofrecerte ese destello que el destino apenas te ha mostrado, que incluso, no tenía por qué haber estado ahí.

De pie y vestidos de fiesta todos llorábamos. Emoción ajena y propia porque todos soñamos, alguna vez, ser marineros echados al mar, saber cómo hubiera sido esta vida nuestra de haber seguido navegando hacia el horizonte, si hubiésemos robado ese tesoro, dormido con aquella sirena, seguido a aquel lobo de mar. Sobre el improvisado escenario forrado de blanco, el marino que desoyó las voces de la cordura, contaba su historia con la voz algo temblorosa: “Dejé de ser marinero para convertirme en corsario y robar un tesoro...”. Al fondo del salón podía observarse un entrañable y algo cómico paisaje de lágrimas. Lágrimas que confirmaban, como diría León Felipe, que somos carne de todos los cuentos. Que algunos de ellos nos devuelven la mirada de los niños, rompen nuestras corazas y nos erizan la piel. Porque cada final feliz, cada punto y aparte inexacto e iridiscente de nuestro alrededor, es, un poco, la conquista de todos nosotros.

Mucha suerte chicos.

Y aquí, convertida por obra y gracia de la cursi que aquí firma, vuestra canción :b



Hold me close and hold me fast
The magic spell you cast
This is la vie en rose

When you kiss me heaven sighs
And tho I close my eyes
I see la vie en rose

When you press me to your heart
I'm in a world apart
A world where roses bloom

And when you speak...angels sing from above
Everyday words seem...to turn into love songs

Give your heart and soul to me
And life will always be
La vie en rose



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias. Estas palabras nos han emocionado y nos han devuelto muchas de las emociones de aquel día. A.L. y L.

Fátima Vila dijo...

Gracias a vosotros, por todas las emociones.
Se les quiere...