lunes, 24 de marzo de 2008

El hombre, la rata

Tenía el recorte pegado en mi anterior-anterior trabajo, adherido con celofán a la estructura de aluminio y plástico que me separaba del despacho de mi amiga Tere. “El ADN de la rata y del humano, prácticamente similares” o algo así debía decir –tal vez algún día me reencuentre con el papel en mitad de mi caos y pueda aportarlo como testimonio gráfico-. Algún tiempo después no he podido encontrar la noticia exacta pero he topado con uno todavía más específico: "Descifrado el genoma de la rata, más próximo al humano que el del ratón".
Al parecer, y aunque esto pueda dar al traste con la teoría fundacional del Proyecto Gran Simio, los investigadores del Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano y de varias universidades norteamericanas descubrieron hace más de tres años que si hay un género de criaturas con el que coincida la estructura más íntima del ser humano, no es con el relativo a los monos, sino al amo de las alcantarillas. Perdón si resulta ofendida alguna cucaracha.
Aunque una intenta no dar pábulo a la broma fácil es cierto que a todos se nos ocurre algún estimulante parecido al alcance de la mano. En este mundo de pirámides nutritivas, el grande se come al pequeño, la rata a la cucharacha y, aunque sea más fácil fantasear con el victimismo, hay que reconocer con humildad que todos alguna vez hemos sido devoradores para los demás. Incluida alguna rata, como la que mató a golpe de escoba mi amiga Angi aquella desafortunada mañana en la que no fue a la facultad.
Indefensas como bebés humanos, las ratas nacen ciegas y deben crecer en disciplinadas estructuras sociales que las ayuden a valerse por ellas mismas. Omnímodas y gustosas de la vida urbana, las Rattus norvegicus -también ratas noruegas o ratas chinas- se ven en ocasiones metidas en trifulcas de barrio, provocadas por los conflictos entre grupos enfrentados. Todo muy... humano.
Últimamente un ejemplar sensible me tiene, como se dice en Cádiz, comida la moral. Ninguna otra lectura reciente ha conseguido engancharme tanto como las tribulaciones de este roedor de librería condenado a no encontrar su sitio. Firmin empieza devorando lomos y crece devorando historias, se humaniza al compás de la literatura universal y asume preocupaciones filosóficas para hacerlas propias. De la mano de su enternecedora moralina intelectual, de su amor por la pornografía y su desafortunado empeño por hablar, una se pregunta sobre las ventajas o no de tomar demasiada conciencia, de multiplicar nuestro humanismo a través de las letras, de saber quién es el que nos mira al ponernos frente a un espejo. "Una rata culta es una rata solitaria" y, yo añado, atormentada. Igual que el hombre con demasiados datos, enfrentado a caminos que se bifurcan, a la insoportable levedad. La duda está en saber si uno es más feliz como ser incomprendido escapado irremediablemente del nido o participando con diligencia mecánica en la estructura jerárquica de nuestro mundo racional y humanamente libre, lleno de miradas al otro lado, lleno de disciplinas y jerarquías más o menos invisibles que, no nos engañemos, a todos nos hacen un poco ratas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que le pregunten a Ratatouille si era más feliz con su estructura de manada o tirándole los pelos a su pinche!!

me lo pasarás???

Fátima Vila dijo...

claaaaro... cuando sepa quién eres

Anónimo dijo...

Quien voy a ser??

Quien trajo al ratoncito a tu casa!!