lunes, 25 de marzo de 2013

Sentarse junto al piano

Cuando era pequeña tenía prohibidas las películas de niñas prodigio y tonadilleras. Por prescripción materna, ninguna cinta sospechosa de basarse en la explotación infantil y/o sexista o de contribuir a estereotipar el papel de la mujer españolacuandobesa podía visionarse en nuestra destartalada tele que nunca fue HD. El castigo era una buena bronca seguida de un tiempo de distanciamiento comunicativo, castigobichomortal cuando una es una niña llorona y sentida cuya imaginación catastrófica va muy rápido. 


Que tuviera vetada la época dorada de nuestro cine patrio no significó sin embargo que lo desconociera. Mi abuela, azote de las contraórdenes maternas, aprovechaba cualquier cuadro de anginas, cualquier festividad sin colegio, para bajar al videoclub a hurtadillas y, con alevosía y ensañamiento, a alquilar una catastrófica película de Marisol, la Dúrcal o Chispitas que yo canturrearía durante meses en recreos, autobuses escolares y sobremesas familiares. Antes de que Cine de Barrio nos abriera el mundo multicolor de la España enamorada de sí misma, yo pude disfrutar de los títulos más importantes de la cinematografía de Concha Velasco y Carmen Sevilla con el gustirrinín de quien siente que está haciendo algo prohibido. "Esto que quede entre tú y yo Currita", me decía giñándome un ojo.



De aquellas experiencias prohibidas me quedaron las letras pegajosas del fenómeno niño prodigio, mi absoluta fascinación por Madrid Capital del Reino y, sobre todo, ciertas escenas que me gustaba imitar delante del espejo y que, años después, aún me acompañan, o me persiguen, según se mire. Soy yo la que se imagina vestidita de enfermera antes al poner una tirita de vida o muerte para salvar a un ladrón bueno o la que inventa letras imaginarias para decir moñadas con canciones estandocontigocontigocontigo. Todavía, más de veinte años después, soy yo la que tiene que recuperar la voz tras haberme salvado del Titanic. Y es aquí de lo que va mi reflexión.



Escribir, como cantar, es como un músculo. Si lo abandonas, lo fuerzas o  lo encapsulas en una fédula se vicia, pierde volumen, se quiebra y puede quedarse tocado para siempre. O para después de un largo reposo. Le pasaba a La Violetera -Cañí Lesson n7 de mi bronquitis de los seis- después de sobrevivir al hundimiento del Titanic (sí, con narices el guión de Arozamena) en mitad del momento más brillante de su carrera. Magullada por la vida y el agua fría, el personaje interpretado por Sarita decidía dejar los escenarios, se perdía entre la muchedumbre gris y un día, por arte de birlibirloque, la redescubrían. La ponían de nuevo junto a un piano y la hacían cantar. Primero afónica, luego -por supuesto- perfecta. Con los dedos algo ateridos después de meses de inactividad y el rostro de Sarita en la cabeza, empiezo a parir letras que primero salen afónicas y luego no salen estupendas porque ni yo soy la Montiel, ni esto es tecnicolor. Hay veces en la vida de una en las que es mejor no escribir, como es mejor no hablar o no pensar. Hay veces en las que vas en el Titanic y sólo puedes sentarte a esperar que se hunda, pillar una balsa y empezar una nueva vida. 



La clave es que, quizás de no pensar, de no hablar y no escribir, el músculo de la creación -como la voz- se queda seco, y una siente como miedo. Piensa pensamientos ñoños de menudatontería... Piensa, por ejemplo, ¿A quién le interesará que piense esto? Piensa con pudor púbere y con la cobardía de a quien de tanto pensar le sobran neuronas fritas y le falta entrenamiento. Y piensas y te paras, y lo vas dejando y dejando hasta que un día ya no piensas. O al menos no piensas de esa tristísima manera. Un día alguien que recién conoces te dice que se ha visto en los reflejos de un iceberg o que conoce a una mujer hiedra. Entonces, contaminada por las triquiñuelas de tu abuela, te acuerdas del hilillo de voz de Sarita Montiel, y decides volver a entreabrir los ojos y sentarte junto al piano. 



Vas viendo entonces que las frases célebres siguen ahí, también los hombres proyecto, las mujeres bala, el balido falso de la oveja negra... Los personajes de la Estrella que me encuentro en cualquier vagón: El hombre palanca, la chica que muda, la madre, el niño, la vieja... Todos me siguen tirando del pelo sólo que hago que no me doy cuenta. 



Hoy en Barcelona un sol tímido se asoma por la ventana sin cortinas del salón. Leica lo mira repanchingada -como perra panza arriba- y siento, y quizás tampoco dure, que, como cupletista rescatada del Titanic, necesito dejar escapar un gallito o dos hasta encontrar el tono. Siento que vuelvo a querer que me hagan cosquillas las letras.

3 comentarios:

Lazarov me marea dijo...

Vas entonando, vas entonando... alegría!

José Ignacio Soria dijo...

Las confidencias con mi abuela es de las cosas que más añoro de mi infancia

Fatima Vila dijo...

:)