sábado, 9 de octubre de 2010

Y no seas...

Q dice a veces que piensa en eso tener una niña. "Lo pienso y no lo pienso. En en el fondo, estoy bien como estoy. Uno, y es un chico". Me dice un día. "Creo que para haber tenido un sólo hijo, es una suerte que haya sido un varón". Levanto los ojos como platos. Estamos en la cafetería del Corte Inglés -hemos llegado a punto de que la hora del menú se acabe pero el camarero es amable, consulta si puede servirlo, "aún estáis a tiempo"-. Casi ha empezado el verano y le meto un sorbo a mi bitter kas. Es lo que pido cuando no sé qué tomar. "¿Has visto? Han cambiado el diseño de la botella".

"¿Pero qué estás diciendo?". Reacciono y me dejo caer en el sillón acolchado esperando rebatir ese argumento incoherente que me suena al control de natalidad chino. Detrás de Q se ve, desierto, un trozo inmóvil de Cortilandia. En mi ciudad, una especie de equipamiento estable e inerte, un parque de atracciones fantasma que nunca tuvo demasiado uso, que no sé si alguna vez tuvo uso.

Q es una mujer independiente, de comentarios brillantes y una mirada de mieles iridiscentes. Estoy apoyada en el sillón acolchado, absorta, esperando su respuesta. "El mundo es más fácil para un varón. Estoy cansada de verlo: en trabajo, en la vida, en el colegio del niño, en la familia. Los hombres cooperan, se ayudan y, sobre todo, tienen una capacidad especial para evadirse de ciertas cosas y que no les dañen". Q agita la cabeza para retirarse el flequillo, su expresión es serena, es algo sobre lo que ha meditado mucho. "Nosotras, por defecto, nos pasamos el día analizando, esperando, sufriendo por lo propio y por lo ajeno. Vivimos en un mundo de hombres, intentando alcanzar algo que a ellos les viene dado, intentando ser mejores para merecérnoslo. Y en ese camino, nos llueven los golpes: de ellos, de la sociedad, entre nosotras mismas. Sé que parece el tópico de siempre, pero es lo que es".

El camarero ha traído los menús y seguimos dándole vueltas. "Tu comentario es más que políticamente incorrecto. Ten cuidado dónde lo haces...", le contesto. Q deja caer los ojos como suele hacerlo siempre que va a dar una opinión, analítica y certera, sobre cualquier cosa. "Sí, es cierto, suena horrible. Ojalá pudiera decirte otra cosa, pero es como lo siento. Sólo tengo un hijo y creo que es una suerte para él ser un chico. Nadie quiere ver sufrir a lo que más quiere y las chicas... las chicas sufrimos constantemente".

Me paso el verano dándole vueltas al tema. Me viene a la mente a menudo la imagen de Q, elegante con su vestido estampado, superpuesta sobre la cigüeña lejana de Cortilandia. Relaciono los conceptos, doy la vuelta a los grandes mensajes de nuestras madres, a las grandes exigencias de nuestro tiempo. Miro a mi alrededor las historias de mujeres más o menos amadas, más o menos detestadas, raramente ignoradas. Porque las mujeres, para nuestra desgracia, raramente pasamos por alto algo, alguien. Estudio sus pasiones y sus intrigas, su capacidad de afrontamiento. Miro las listas del paro, leo libros, diarios y suplementos. Escucho sobre la silla de madera del bar del barrio la historia de otra amiga, me escucho contar la mía por teléfono.

"Pienso mucho en aquello que me dijiste?". "¿Síiii?". Q se ríe con cierta timidez. Es otoño, tomamos una cerveza. El tema se abre a los selectos asistentes en una terraza del centro. Cuatro mujeres y un hombre. "¿Pero qué estás diciendo? -interrumpe él- No creo que sea tan grave como lo planteas... Las tías siempre estáis con lo mismo". Yo le miro a los ojos y él abre mucho los suyos, muy azules y absortos. Es un hombre especial, con una capacidad única para ver y sentir cosas que a menudo nadie se plantea. Finalmente, después de dimes y diretes, de lugares comunes en torno al victimismo femenino, ciertos argumentos hacen caer las barreras. "Bueno, sí... Es cierto, en eso las mujeres sois la leche".

Ese día no duermo en casa, charlo con un amigo hasta muy tarde y sigo pensando en esa idea. En tener la capacidad o no de pasar por encima de las cosas, en la condena genética de la empatía, en la condena social del perfeccionismo... En la exigencia de ser mejores, más bellas y más buenas, más platónicas para, entonces, que alguien pueda aplastarte en Operación Preventiva porque se te presupone una arpía. Y no parezcas débil, y no llames la atención, y no digas lo que piensas, y no le des tanta importancia, y no te importe lo que piensen, y no seas dependiente, y no te fíes de nadie, y no te preocupes por nadie...

Y no seas mujer, al fin al y cabo. O, al menos, no lo seas como te enseñaron.




La foto: Gata Flora, de Catalina Bartolome.

5 comentarios:

genialsiempre dijo...

Me parece demasiado espeso, creo que le dáis demasiado importancia a cosas que no son tan trascendentes. El hombre también pasa por todo eso, pero claro, esta es la opinión de un hombre.
En cualquier caso te deseo lo mejor

Fátima Vila dijo...

...es que estoy espesa!
La densidad es imposible de ocultar ;)
bss

Anónimo dijo...

¡¡¡ Lo escribiste!!! Je je
Me gusta.

Equilibrista dijo...

a mí me gusta... es tarde y estoy perezoso, así que no me mojo :)... pero me gusta cómo lo has escrito

Alinando dijo...

Fátima... ¿en algún momento has recapacitado cómo serías si hubieras nacido hombre? Es un ejercicio saludable, aunque en tu caso tengo claro que nos habríamos perdido razonamientos tan jugosos como este. Veo que has ido madurando esta idea inter-estaciones (de verano a otoño), y eso denota tu arte para no diluir en el tiempo las cosas que te interesan, al contrario, como decía muy bien Nieves... "las vas espesando", será por eso que a José María le parece algo espeso... ;-)

Un beso y a seguir bien