"Hay muchas cosas que no puedo decir a nadie, casi todas se refieren a las matemáticas". Carlos Edmundo de Ory
jueves, 30 de junio de 2011
martes, 28 de junio de 2011
Amor condicional
Le quería con locura. En los momentos de sosiego, entre brote y brote, sentía más bien un apego desafecto muy parecido a la costumbre.
viernes, 24 de junio de 2011
Ritos de agua tibia
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| Lee Miller, 1930 |
Le cuento a F que a veces sólo me encuentro bien, realmente bien, sumergida en agua. En ese agua tibia a la misma temperatura de las lágrimas. La puerta abierta para que salga el vapor. Espuma o no, jabón o no, aceite o no. Las piernas flotando levemente. A veces hay un libro, a veces un portátil del que sale música, o la cara de Tony Soprano. O una voz al otro lado del teléfono. O el silencio. A veces estoy sola, a veces no lo estoy. F levanta los ojos para preguntarme por qué.
No me he dado cuenta pero, de alguna manera, me ha tomado de la mano y, así, sin moverme de la silla negra donde estoy sentada, me lleva a un espacio alicatado en blanco, con azulejos sólo hasta media altura. Hay colgados cuadros de madera. Mi madre está sentada en el borde de la bañera inclinándose sobre el agua. Intenta hacer espuma agitando fuertemente las manos. Un baño de espuma es una cosa muy femenina, tiene mucha clase, es lo que hacen las actrices y las reinas antes de ir a las grandes fiestas, me cuenta impostando la voz. Se dan un baño para estar más guapas. Yo soy una niña que juega a sentirse una princesa.
Nuestras tuberías nunca tuvieron demasiada presión así que es difícil sacar esas minúsculas pompas que luego pueden soplarse como si fueran pequeñas flores aladas. Mi madre agita las manos con brío. Usa un gel que ni está perfumado ni fue diseñado para los baños de belleza, un gel tamaño familiar que, de la mano de este ritual de domingo por la mañana, se transforma en algo muy distinto. Me meto en el agua y me quedo sola, aunque a veces la llamo porque, de estar tanto tiempo, me aburro. Entonces se sienta sobre la tapa del váter y se enciende un cigarrillo. A ver, ¿qué quieeeeeeeeeeres?, me pregunta exagerando su tono de fastidio. Cuando salgo del baño siempre se adelanta: No quites el tapón. Entonces se mete ella porque, por alguna misteriosa razón cívica, se sentiría culpable de llenar la bañera de nuevo y porque, por una cuestionable lógica materna, el agua del baño de una niña nunca está sucia. Los papeles se invierten y ahora soy yo la que está sentada sobre la tapa del váter contando dios sabe qué cosas. A veces me salgo fuera y, cuando vuelvo, ella tiene los ojos cerrados y permanece muy quieta. Se ha encendido otro cigarro.
F ha tirado, sabiéndolo, de uno de esos lazos invisibles que nos unen a las cosas y a las personas, ha hecho una pregunta al aire que, sin darme cuenta, ha dejado abierta una puerta. Los recuerdos se cuelan por ella, por esa rendija, mientras escribo. Los detalles van llegando invitados. Se mezclan días y olores, nuevos geles y aceites. Una sensación de presión física en el centro del pecho. Las fotos desenfocadas de la bañera de un piso de Granada. Inmersiones breves a primera hora de la mañana, antes de enfrentarse al miedo. Bañeras donde sumergir cicatrices. Baños que lavan la culpa, que te acogen agotada al final del día, que aligeran el peso y curan las heridas. Los azulejos negros de una bañera estremecida en un hotel de Milán. Baños con pastillas efervescentes, baños que huelen a rosas, a miel, a cerezas, baños que queman o que se han quedado fríos. Una bañera en la que se centra estratégicamente el grifo. Es para que ninguno de los dos nos lo clavemos en el cuello. Un baño pensado para ser compartido. Baños breves y largos, que siempre acaban con el corazón en calma, unos segundos en los que todo parece perfecto. Dónde iría yo si no tuviera eso, me pregunto.
Un baño es una cosa muy femenina, es lo que hacen las reinas para estar guapas antes de ir a una gran fiesta. Al salir, si hay tiempo, incluso puedo tirarme un rato sobre la cama, disfrutar del tacto cálido de la piel desnuda rozando la toalla. Los dedos siempre arrugados. Ahora mi albornoz -esa prenda que también tiene algo de mágica- ya no es rosa, del color de las princesas, sino blanco, del color de las cosas limpias. Y ya no me queda largo. Es una pieza más del rito acuático porque, si las princesas se bañan para estar más guapas, las plebeyas lo hacemos por otras razones y yo, lo he descubierto hace muy poco, lo hago para sentirme a salvo.
F ha tirado, sabiéndolo, de uno de esos lazos invisibles que nos unen a las cosas y a las personas, ha hecho una pregunta al aire que, sin darme cuenta, ha dejado abierta una puerta. Los recuerdos se cuelan por ella, por esa rendija, mientras escribo. Los detalles van llegando invitados. Se mezclan días y olores, nuevos geles y aceites. Una sensación de presión física en el centro del pecho. Las fotos desenfocadas de la bañera de un piso de Granada. Inmersiones breves a primera hora de la mañana, antes de enfrentarse al miedo. Bañeras donde sumergir cicatrices. Baños que lavan la culpa, que te acogen agotada al final del día, que aligeran el peso y curan las heridas. Los azulejos negros de una bañera estremecida en un hotel de Milán. Baños con pastillas efervescentes, baños que huelen a rosas, a miel, a cerezas, baños que queman o que se han quedado fríos. Una bañera en la que se centra estratégicamente el grifo. Es para que ninguno de los dos nos lo clavemos en el cuello. Un baño pensado para ser compartido. Baños breves y largos, que siempre acaban con el corazón en calma, unos segundos en los que todo parece perfecto. Dónde iría yo si no tuviera eso, me pregunto.
Un baño es una cosa muy femenina, es lo que hacen las reinas para estar guapas antes de ir a una gran fiesta. Al salir, si hay tiempo, incluso puedo tirarme un rato sobre la cama, disfrutar del tacto cálido de la piel desnuda rozando la toalla. Los dedos siempre arrugados. Ahora mi albornoz -esa prenda que también tiene algo de mágica- ya no es rosa, del color de las princesas, sino blanco, del color de las cosas limpias. Y ya no me queda largo. Es una pieza más del rito acuático porque, si las princesas se bañan para estar más guapas, las plebeyas lo hacemos por otras razones y yo, lo he descubierto hace muy poco, lo hago para sentirme a salvo.
miércoles, 22 de junio de 2011
Realismo químico
-Tia, en realidad, qué pena. Podría ser un tío súper sexy.
-Claro... Si fuera otro.
(Efectos del Escitalopram en la amiga neuras que debería seguir el rollo en este tipo de charlas femeninas sobre cosas que no van a ningún sitio)
-Claro... Si fuera otro.
(Efectos del Escitalopram en la amiga neuras que debería seguir el rollo en este tipo de charlas femeninas sobre cosas que no van a ningún sitio)
Final feliz
Aunque posaron sonrientes para la portada del cuento, narran las crónicas que el príncipe y La Sirenita nunca alcanzaron una sana vida marital.
Antes del choque romántico que reunió sus destinos en aquella regata, ella siempre se había definido abiertamente anarcosindicalista y él, lo confesaría sólo a los íntimos, jamás consiguió zafarse de la repulsión que le daba ese olorcillo a pescado pasado que exhalaba ella, último resquicio túnido que ninguna hechicera había conseguido quitarle.
Antes del choque romántico que reunió sus destinos en aquella regata, ella siempre se había definido abiertamente anarcosindicalista y él, lo confesaría sólo a los íntimos, jamás consiguió zafarse de la repulsión que le daba ese olorcillo a pescado pasado que exhalaba ella, último resquicio túnido que ninguna hechicera había conseguido quitarle.
Frases célebres
Víctor: "A las mujeres os han dado una coba similar a la del euro, o incluso mayor".
viernes, 17 de junio de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
Sopas en las que adivinar
En Historia de lo nuestro -una maravillosa película que mi amigo Kiko y yo coincidíamos en situar como uno de los mejores retratos de las relaciones largas de pareja- Bruce Willis escudriñaba las sopas de letras que su exmujer, una lozana Michelle Pfeiffer, publicaba en prensa para sondear así sus sentimientos. “Con cinco letras. Sentimiento de apatía. Depre. ¿No lo ves? Me está mandando mensajes”, repetía en plan machaca a su amigo gordo y calvo. Aunque ya por entonces no tenía demasiado claro cómo podían tener el trenazo de vida que tenían siendo él lo que era – por cierto ¿él qué era?- y viviendo ella de los pasatiempos -que seguramente por entonces ya hacía un programa de ordenador-, siempre me acuerdo de ellos cuando asisto a un episodio detectivesco emocional. Antes, en la época en la que si no contestaba al fijo había que esperar a verle en clase al día siguiente; antes, cuando había menos ansiedad porque había más paciencia y las cartas del rollete en USA tardaban 15 días en llegar, uno se limitaba a llamar a la amiga enterada como quién consulta un oráculo. ¿Sabes si está diciendo por ahí algo de mí? ¿Pero tú qué crees que piensa? Entonces, en manos de la buena o mala leche de La Celestina que te tocara, tú movías tu corazón y tus fichas como buenamente podías porque, para qué engañarnos, hay grandes historias de amor forjadas al abrigo de un amigo buenazo con ganas de arreglar las cosas y grandes fiascos sentimentales modelados desde el destello verde de la envidia del tercer elemento.
Ahora, con esto de nuestra reputación digital, no sólo estamos más expuestos sino que las cuitas de amor se complican con invisibles ecuaciones sentimentales que hay que recoger –como semillas perdidas- por el catálogo de redes sociales. “El otro día en el Tuenti, vi que tenía colgada una canción de Julieta Venegas que hablaba de decir adiós. Yo creo que en el fondo sabe que esto ha terminado”. Miras a tu amigo treintañero –treintañero largo- y, antes de preocuparte por la semántica de la letra, por la poética con la que le ha dado permiso a esta mejicana para finiquitar sin mojarse el futuro de su relación, le escupes: “¿Cómo que tienes un Tuenti so pureta?”. Las redes han multiplicado nuestras comunicaciones pero no tengo demasiado claro que hayan favorecido a la calidad de nuestra Comunicación. La mayúscula es intencionada. Las redes nos han permitido tener trescientos amigos pero ninguno que verdaderamente sepa qué sentimos. Nos han dejado tener 300 conocidos entre los que escondernos. En las redes somos más guapos –“Pues parecía mucho más delgado en su foto de perfil”-, somos más simpáticos, somos más chispeantes. En las redes dejamos o no semillas que queremos que otros recojan. O no, porque las semillas quedan en el suelo, aunque nadie vaya a por ellas.
Las redes nos permiten dar un paseo por las vidas que un día fueron nuestras e intuir por dónde respiran, sacar conclusiones, postergar ese momento del cara a cara en el que enfrentar las cosas. “A zutanito y a menganito les ha pasado algo porque han borrado su estado del FB y además él ha cambiado su foto de perfil por un torso atlético desde el que te cuelga canciones adrenalíticas y fotos de borracheras”. Te narra una amiga que, como observadora virtual –nunca mejor dicho- no puede sino obviar las imágenes reales. Las escenas no escritas, que no dejan huella digital pero sí moratones en el pecho. Las de ese zutanito matándose en el gimnasio haciendo de su capa un sayo para parecer indemne al rechazo y al desaliento, las de ese menganito que ya no se atreve a pedir perdón porque, “al otro se le ve tan bien desde que está solo que está claro que no me echa de menos”.
Al final, en las redes estamos pero no estamos, nos mojamos pero no nos mojamos, nos comunicamos pero no. Siempre protegidos por un interfaz que nos permite parecer estupendos, felices, sin miedo, sin rencor. Que permite sacar conclusiones peregrinas, que permite dejar un vasto campo abierto a la interpretación. Al final, como esos japoneses frikis que viven en sus cuartos, son una excusa más para no encarar los ojos del otro, las responsabilidades o los rechazos, porque, mientras adivinamos, mientras sondeamos en la inmensa sopa de letras, todo es posible. No hay que hacer examen de conciencia, ni tomar decisiones, ni pedir perdón. No hay que quedar para tomar ese café revuelto que, y ese es el miedo que lo explica todo, puede tener un sabor muy parecido al dolor.
domingo, 12 de junio de 2011
En la media distancia
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| Maika Makovski. JM Grimaldi |
martes, 7 de junio de 2011
Frases célebres
Anabel: "Menos psicología y menos libros de autoayuda. Ve a la biblioteca y sácate tres libros de Mariam Keyes, de Rosamunde Pilcher o de Henning Mankell. Lee ficción, mucha ficción, abandona un ratito la realidad".
lunes, 6 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Cierto desorden
Chico llama a chica antes ir a visitarla.
-¿Tienes cerveza en casa?
-Mmmm… No, tráete una.
Chico, que muy educadamente se ha presentado con dos litros de cerveza, vuelve al salón tras dejar una de las botellas en la cocina:
-Oye, ¿cuánto llevas sin abrir tu nevera?
-¿Qué?
-¿Que cuánto llevas sin abrir tu nevera?
-Mmm… No sé, un par de días.
-Tienes cuatro cervezas. Cuatro. Litros. En realidad, es que SÓLO tienes cerveza.
-Glups…
Chico mira a chica fijamente hasta que ella dice:
-Ok, vale, lo confieso, no la abro desde el sábado.
[y era jueves]
Otras perspectivas
Afortunadamente, por las noches, muy profundo, puedo probarme las zapatillas de ballet...

martes, 31 de mayo de 2011
El terco, el lorito y la maceta
Siempre que alguien utiliza la terquedad como tarjeta de visita me acuerdo de una historia tonta –o no tanto- que contaba mi ex. Como era dado a relatar anécdotas y a veces la ficción y la realidad se terminaban mezclando, ahora no sé demasiado bien si la historia es propia o si es prestada. Es más probable lo segundo y que pertenezca al recetario de algunos de esos colegas suyos cuyas enseñanzas ensalzaba, no sin cierta ternura, como si fueran proverbios orientales. Contaba la cosa que un taxista de Madrid –no podía ser de otro sitio- hablaba con otro colega presumiendo del equipo de música que había instalado en su vehículo. El lorito en cuestión, que un poco más y elimina una de las plazas de la berlina que le traía el pan a casa, le había costado al buen señor como medio millón de las antiguas pesetas y era la envidia de todo el vecindario. Era en este punto de la historia cuando mi ex impostaba la voz para imitar al personaje: “Pues es el tercer equipo que monto. Hay un cabrón en el barrio que me lo ha robado dos veces. Pero no va a conseguir que me rinda. Él me lo roba, pues yo pongo uno mejor. Conmigo no puede nadie”.
Mi ex contaba aquella historia y terminaba con alguna concatenación de epítetos -animalito, bestia parda, etc.- y una buena carcajada. No hay nada mejor en esta vida que ser práctico y ser sencillo y ambas cualidades chocan abruptamente con la soberbia y la arrogancia escondidas en aquellas frases tercas, ridículas por lo lapidarias. Las que sentenciaban que uno es gilipollas por que le sale de los cojones y, si me apuras, por la gracia de dios. La vida es larga y ancha por eso no hay quien esté a salvo de acariciar ciertas cotas de gilipollez cuando algunos temas, algunas personas, tocan hueso con el lado más sensible de nuestra autoestima, nuestro ego o nuestros supuestos principios.
La estampa del taxista contando aquella historia, bravuconeando en mitad de un corro en el que todos callaban lo idiota que era, me despierta un sentimiento agridulce. Siempre creemos que somos suficientemente listos como para evitar ciertos niveles de ridículo aunque, pensándolo bien, todos tenemos un lorito del que presumir, un rasgo de nuestro carácter, una costumbre, un objeto, por el que medimos el calibre de nuestra valía y, como diría PiliB, la medida psicológica de nuestro falo. “Yo es que soy muy mía”, “El que quiera que lo coja y el que no, que lo deje”. “A mí es que esto no me va”, “Yo es que siempre lo he hecho así”.
Todos tenemos un lorito y un ladrón que se ríe de nosotros. Aunque el ladrón no siempre es un colega del trabajo, un amigo o un vecino si no que puede ser la vida misma –una y breve- que malgastamos en defender nuestras posiciones, nuestra identidad, nuestras creencias, sin darnos cuenta de que cada millón de las antiguas pesetas que invertimos en ser invencibles y quedar por encima, podríamos gastarlo, por poner un ejemplo, en viajar al Caribe y hartarnos de mojitos. Porque viajar, como sumergirse en lecturas nuevas, como mezclarse con desconocidos o hacer un deporte desconocido, nos impregna de otras historias y nos deja crecer a lo ancho, que es el crecimiento que verdaderamente cuenta a pesar de lo que diga la industria de la dietética. Porque la vida no siempre es larga y nadie está libre, tampoco los taxistas, de ir paseando por la calle y que le caiga encima una maceta.
lunes, 30 de mayo de 2011
Melodía de la semana
Podría ser sólo una cuestión de tacto, pero es química pura. Olor, sabor, combinaciones de fórmulas con resultados más o menos predecibles. O no. Química como las hormonas, las drogas, el glutamato monosódico, la Coca Cola. Como esa sustancia del cerebro que falta o que sobra. Hoy no me hagas mucho caso, hoy estoy un poco depre. Pues come un poco de chocolate. Pues toma azúcar. O lame sal. O déjate de rollos e invítame a una cerveza. Es química que tiene piel y que también es física. Calor que se traspasa de un cuerpo a otro. Energía que no se crea ni se destruye. Que nos transforma. Química que se siente en la materia, tangible y no, a veces grande y a veces pequeña, tan pequeña como esos electrones casi imaginados de los que habla la cuántica. Real e invisible, como las ganas de seguir comiendo esas patatas de paquete que estimulan las papilas. Patatas impregnadas de Avecrem, él también, pura química. Si me como una no puedo parar. Si me acerco, tampoco. Si me tocas, si te toco. Si no me tocas, si no te toco.
No se puede recordar el dolor. Es el cerebro, que se protege. Intenta revivir una jaqueca, no puedes. No puedes recordar el dolor pero sí como huele, como hueles. Cerca ocurren cosas que la razón no entiende. Lejos falta la física, el calor, el tacto, quedan las fórmulas químicas alojadas en la memoria, los elementos combinados perfecta o imperfectamente. La química instalada en mitad de la masa gris, latiendo al compás de conexiones eléctricas, conectada invisiblemente con en ese espacio a escasos centrímetros de las costillas. Ese espacio que vibra, justo ahí en tu centro, para que te des cuenta. Sólo si las cosas pasan, puedes agarrarte a ellas. Sólo si son intensas, puedes quedarte con ellas. Sólo si has sentido su olor, su calor, su química puedes jugar a plegar la distancia y el tiempo. Entonces compruebas la energía de la frecuencia.
Sabes, aunque nunca a ciencia cierta, si sigues o no sintiéndote cerca.
Cada minuto que no estás
Que tú te vas
Hay algo que va mal
Escucho voces sin parar
Diciendo que
Empiezas a olvidar
Te hago daño cuando estoy cerca, tan cerca
Y aunque no quiero no lo puedo controlar
Y si lo intento no consigo despegarme
Y además,
Me haces daño cuando tú te alejas, tú te alejas
Y aunque me digo que no volverá a pasar
Sin duda creo de momento que esto no va a terminar
Si crees que pensaba que yo me planteaba que ocurriera de esta manera
Me desesperas
Es extraño cuando estoy contigo tan cerca
Tan alerta
Quien sabe por donde andarás
Con quien estas
Y quien te abrazara
Quién sabe si te acostarás en tu colchón o en cualquier otro más
Te hago daño cuando estoy cerca, tan cerca
Y aunque no quiero no lo puedo controlar
Y si lo intento no consigo despegarme
Y además,
Me haces daño cuando tú te alejas, tú te alejas
Y aunque me digo que no volverá a pasar
Sin duda creo de momento que esto no va a terminar
Si crees que pensaba que yo me planteaba que ocurriera de esta manera
Me desesperas
Es extraño cuando estoy contigo tan cerca
Tan alerta
He intentado no pensar en lo demás
Aunque crees que pensaba que yo me planteaba que ocurriera de esta manera
Me desesperas
Es extraño cuando estoy contigo tan cerca
Tan alerta
viernes, 27 de mayo de 2011
viernes, 20 de mayo de 2011
Circo y más cosas
Cuando la vida de una la lleva por donde la lleva, cuando va dejando atrás cosas más o menos voluntariamente -a veces, terriblemente involuntariamente- va perdiendo pistas de una vida, de unas claves que en un momento significaron mucho. Es en esos casos cuando una cree que ha perdido importantes cosas noñas -chorras en apariencia- que un día construyeron su identidad.
Hoy, un mensaje en Facebook me ha recordado mil anécdotas infantiles sobre la mesa de comedor de cualquier incauto que me dejara cantar, micrófonos que sonaban como mazos de madera y cepillos del pelo, vestidos improvisados con cortinas viejas, una larga trenza postiza hecha de lana y canciones en los columpios -que los había- de la plazoleta pequeña de La Laguna. Una polaroid sobre la cómoda del dormitorio de mi madre. Con cara de habas, mi prima y yo, las dos absortas junto a una estrella de los ochenta que sonreía con dientes Profidén después de habernos roto el corazón con una frase escupida: "Venga, sí, me hago la foto, qué gente más pesada".
Sí, de alguna manera, Dani tiene razón, Teresa Rabal ha venido sólo por mí...
jueves, 19 de mayo de 2011
Ya está bueno lo bueno II
L dice, parafraseando a Lenin, que la revolución no se hace sino que se organiza. Desde Valencia J asiste a una asamblea con la sensación de que algo está cambiando y Quim Monzó advierte de que es demasiado snob eso de llamar #spanishrevolution a lo que está pasando. Unos buscan conspiraciones judeomasónicas y otros intentan subirse al carro, unos llaman a la abstención activa y otros -entre los que me cuento- hacemos campaña para que nadie deje a un lado esta herramienta, más o menos apaleada, que es el voto en esta maltrecha democracia. El twitter arde, Facebook arde y sólo nos queda cruzar los dedos, usar las manos que, como bien dice Eduardo Galeano en este maravilloso Abracadabra, son nuestras.
Yo creo que, aunque confusas, son buenas noticias.
Yo creo que, aunque confusas, son buenas noticias.
Frases célebres
Óscar: "Últimamente las comedias románticas tienen una temática común: "treintañeros a los que se les va a pasar el arroz".
lunes, 9 de mayo de 2011
Ya está bueno lo bueno
Una cosa es que un sábado de depre accedamos a leer el horóscopo mientras esperamos en la peluquería de Enrique V. Una cosa es que, cuando arrecia cierto tipo de desesperación, seamos capaces -esto pasa por confesarse- de hacer el gili echándonos las cartas en un portal on line. Una cosa cosa es llamar a PiliB con el corazón encogido y decirle "Nena, ¿te traes las cartas?". Una cosa es que aceptemos una cierta dosis de magia para sobrellevar las cosas que nos cuesta entender.
Otra cosa muy distinta es llegar a creérselo todo a pie juntillas, convertirse en un lelo del sistema. Y, lo que es muchísimo más perverso, sentirse culpable y creer que somos nosotros quienes diseñamos todas las conexiones que nos hacen más o menos infelices. Que hemos provocado hasta lo que no nos merecíamos, que esto nos pasa por quejarnos demasiado, ser excesivamente críticos, por no desearlo con suficiente fuerza, blablabla... Todo, mientras nos dan sopita y, con más o menos intensidad, juegan con nuestras vidas.
Una sonrisa siempre merecerá más la pena que una lágrima pero si no eres capaz de rebelarte contra la injusticia, el abuso, la inercia o la maldad, es muy probable que tu sonrisa termine siendo más resultado del amiplín que de variables objetivas.
Es por esto que el trabajo de Barbara Ehrenreich me parece soberbio. Como se dice en mi tierra cuando nos hartamos y dejamos de tragar: ya está bueno lo bueno.
viernes, 6 de mayo de 2011
Tiranías de la belleza y frikismo estructural
Dos treintañeros, él y ella, charlan sobre sus cuitas...
-Estoy pensando en hacerme la depilación definitiva, con láser.
-Pues mira que bien.
-El único problema es que es muy caro.
-¿Y no tendrías que volver a afeitarte nunca?
-Antes que nada, yo NUNCA me afeito. Y, bueno, con el tiempo puede que salga algún pelo. La cosa es que son 2000 euros.
-Coño, con ese dinero te podrías comprar la espada.
-¿Que espada?
-La espada láser, por supuesto.
-Estoy pensando en hacerme la depilación definitiva, con láser.
-Pues mira que bien.
-El único problema es que es muy caro.
-¿Y no tendrías que volver a afeitarte nunca?
-Antes que nada, yo NUNCA me afeito. Y, bueno, con el tiempo puede que salga algún pelo. La cosa es que son 2000 euros.
-Coño, con ese dinero te podrías comprar la espada.
-¿Que espada?
-La espada láser, por supuesto.
martes, 3 de mayo de 2011
Autocensura
Hoy es el Día de la Libertad de Prensa. Más de cuarenta periodistas murieron asesionados en 2010. Manu Bravo, como muchos otros, se debate en una cárcel libia y, mientras tanto, Twitter encabeza un movimiento para dejar a un lado las ruedas de prensa unilaterales en las que los periodistas, vuelven a ser, una vez más, una parte del atrezzo. Ayer medio mundo celebró una ejecución de la que no tenemos pruebas. Todas estas son noticia. No lo son sin embargo las historias pequeñas, dramáticas por lo insignificantes, de todos aquellos profesionales -si todavía nos podemos llamar así- que a base de precariedad, amenazas y competencia extrema aprenden a trabajar con la boca cerrada, no sólo hacia fuera sino hacia dentro.
El código
El marido lleva un tiempo mirándola cuando ella se despierta. Le sonríe. Sabe que lo está haciendo tiernamente. Lo ha visto en muchas escenas: el hombre que contempla con ojos entornados, llenos de amor. Piensa que es un clásico entre las estrellas del celuloide. La esposa, algo hinchada, ha abierto los ojos pero apenas se ha movido, se rasca la nariz con las manos todavía metidas bajo las sábanas y permanece así, callada, esperando cuál será el siguiente movimiento.
Él se aproxima lentamente y tiene mucho cuidado en mantener los ojos abiertos, en que no se le caigan ni por un segundo los párpados. Es así como lo hacen los protagonistas. Es un movimiento recto y decidido que aspira a encontrarla con sus labios. Ella, que ha reconocido el código, tensa los suyos y los contrae. Sube ligeramente la barbilla. El aire cálido exhalado desde los pulmones, que ha atravesado los bronquios y la tráquea para abrirse paso por la garganta, sale al exterior en un gesto sonoro. Es un instante estridente que lleva implícito un reflejo, cierta cantidad de energía, la suficiente para separarles, casi imperceptiblemente, unos milímetros. Es un beso ruidoso que lleva implícito un mensaje, un límite, que no ha nacido para abrir sino para cerrar caminos.
El marido, entonces, se guarda la lengua aproximada, peligrosamente, al filo de los dientes. Se guarda la mano derecha que aspiraba rozar el muslo izquierdo de la mujer. Aprieta las piernas, haciendo chocar las rodillas y se guarda, también, esa erección que le ha hecho -hay que ser ridículo- desperezarse con ganas de un húmedo beso de película.
domingo, 1 de mayo de 2011
miércoles, 27 de abril de 2011
Frases célebres
Noemi: "Los hijos no te quitan la libertad. La libertad te la quitan los que te ayudan a cuidarlos".
jueves, 14 de abril de 2011
Melodía de la semana
Regalos que el social media de hotmail me han dejado en el correo. La melodía de la semana no podía ser otra...
... mezclas whisky con agua bendita...
miércoles, 13 de abril de 2011
La ciencia siempre tiene un nombre...
Proporciona una íntima satisfacción, un regustillo de placer, cuando uno reconoce que ciertas sentencias familiares, ciertas chanzas conocidas, refranes de cuño propio o bromas de circulación interna entroncan con alguna tradición científica o han sido enunciados ya por alguna eminencia. Da tanto regusto que luego una servidora se pasa todo el día repitiendo y repitiendo la cita como si fuera una experta antropóloga, una profesional de la psicología o una concienzuda filósofa vocacional. “No es que lo diga yo, es que es Ciencia –con mayúsculas y una prolongación intencionada del diptongo ieeee mientras se abre mucho los ojos- ¿Es no te he hablado del principio Shaunder&Naunder?”.El último de los regalos para mi vanidad frivolointelectual me lo ha vuelto a pasar mi amigo B bajo el epígrafe, “Leyes que rigen el Universo”. El suyo, el tuyo, el mío, el de todos los microuniversos donde los pobres diablos como nosotros intentamos sobrevivir. Resulta curioso que esta ley –una entre muchas otras de las que solemos hablar delante de una sufrida cerveza aguantapenas- no sea sino una versión intelectualizada de aquella frase que mi madre me repetía de vez en cuando: “Nenita, la ignorancia es una virtud”. Lo decía con el gesto grave y sin hacerse la lista, más bien con un deje de agridulce nostalgia. Últimamente, otro amigo y yo debatimos largamente sobre eso: a nadie le gusta ser tonto, pero, cuanto más se sabe –aunque sea muy poco- más lejos se está de ser feliz.
La ley que mi amigo B me envía para poner nombre científico a la sarta de sinsentidos que últimamente me cuenta, se llama –y me encanta lo rápido que me he quedado con la copla para luego repetirla- efecto Dunning-Kruger y sirve para poner nombre a esa tendencia de la gente idiota de sentirse, sorprendentemente, más lista que la media.
Sí, hablo desde el más absoluto de los rencores. Me da rabia saber lo suficiente para saber que no sé nada y lo suficientemente poco como para sentirme una ignorante. Me da rabia, me da rabia, me da rabia. Un poco menos -compartir el dolor tiene eso-, desde que sé que no es otra de mis neuras o, al menos, que es otra de mis neuras pero compartida por dos frikis capaces de ponerse a estudiar los registros de un puñado de tipos y luego publicarlo en el Journal of Personality and Social Psychology de diciembre de 1999. Sí, es muy fuerte, hasta ese momento el fenómeno apenas se había analizado.
El efecto Dunning-Kruger dice así:
1. Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar su propia habilidad.
2. Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer la habilidad de otros.
3. Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer su extrema insuficiencia.
4. Si pueden ser entrenados para mejorar sustancialmente su propio nivel de habilidad, estos individuos pueden reconocer y aceptar su falta de habilidades previa.
¿A que suena? Lástima que Dunning y Kruger se limitaran a observar y no a enseñar al resto a como lidiar con el problema que, admitámoslo, sólo es tal para el carajote asombrado que asiste al fenómeno. Una limitadísima proporción de la población que, imagino, no sería suficientemente rentable para la fundación privada que costearía el estudio.
¿Es que sólo lo veo yo? La letanía se escucha en las oficinas de los bancos -Ayer me tragué Inside Job y estoy traumatizada-, en las administraciones -véase Prensa y lo que pasa en el mundo en general-, en los colegios -véase Calle y lo que pasa en el mundo en general), en la empresas (donde se produce la suma de todo). Se escucha por los pasillos y en la máquina del café. Es la frase tópica del espectador extasiado que, si es lo suficientemente listo y aprecia su vida personal y profesional, aprenderá a callar y a adoptar una neutral cara de póquer ante los desmanes de la idiotez ignota y, por lo tanto, no asumida. Hace poco, se lamentaba de ello una amiga para quién el paso de la cuenta ajena a la propia le ha multiplicado los jefes. "Ahora, no tengo uno al que reírle las gracias, tengo tantos como clientes y hay alguno que, inexplicablemente, me paga para que le valide su opinión, no quieren que aporte mi experiencia ni que intente solucionar un error. Porque ellos nunca se equivocan".
Lo dijo el filósofo - "Sólo sé que no sé nada"- pero debió ser el último en cascarse la pastillita de humildad porque, por lo general, todo el mundo sabe mucho de todo y no tiene porqué aprender, admirar o respetar la opinión de los demás. Dice el cuarto punto que, con entrenamiento, es posible que se aprenda que antes no se hacían las cosas tan bien como se creía pero, ¿cómo se convence a un amante de sí mismo para que vaya a clases particulares?
Supongo que la vida es demasiado corta para meterse en ciertas guerras por lo que, en general, más vale encontrar otras salidas rápidas y, admitámoslo, más cobardes. Tal y como está el patio, aprender a poner a tiempo la cara de póquer -eresunachicarealmenteencantadorayrazonable-y no lanzarse a querer arreglar el mundo es más que recomendable. No es por nada, es porque -no me lo estoy inventando yo, es que es Cieeencia- el individuo equivocado no tendrá ningún problema en desoír tus consejos, seguir instalado en sus errores y, más aún, pensar que, básicamente, no tienes ni puñetera idea. Más vale aprender a ponerse la máscara rápido y aplicarse lo de oír, ver y callar porque el de enfrente no sólo no reconocerá que tiene algo que aprender, no sólo no valorará esa impertinente habilidad tuya sino que, además, le resultarás tan tocapelotas que preferirá pegarte una patada en los morros y a otra cosa mariposa.
Es por todo esto que, esta mañana, cuando una amiga en búsqueda activa de empleo me ha comentado que añadía en su cv su experiencia en grupos de teatro se me ha encendido la bombilla.
Caray, esta tía es un genio...
martes, 12 de abril de 2011
Arpías renovadas
Trini -por citarla en una de sus múltiples versiones- regresa desatada. No es que exactamente regrese, es que viene como de nuevas. Se alimenta de lo que crió pero introduce nuevos ingredientes a la mezcla. Entre ellos, una sugerente selección de reclamos publicitarios relacionados con el mundo de cierta prenda íntima que en un tiempo quemábamos y ahora producimos en exquisitas locuras carbónicas. Como bienvenida y homenaje a su regreso -o su entrada- hoy publico esta imagen que podría, como no, ilustrar una de las entradas de su nuevo blog.
En el fondo, no es un secreto, ella es un poco brujita...
En el fondo, no es un secreto, ella es un poco brujita...
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