martes, 31 de mayo de 2011

El terco, el lorito y la maceta

Siempre que alguien utiliza la terquedad como tarjeta de visita me acuerdo de una  historia tonta –o no tanto- que contaba mi ex. Como era dado a relatar anécdotas y a veces la ficción y la realidad se terminaban mezclando, ahora no sé demasiado bien si la historia es propia o si es prestada. Es más probable lo segundo y que pertenezca al recetario de algunos de esos colegas suyos cuyas enseñanzas ensalzaba, no sin cierta ternura, como si fueran proverbios orientales. Contaba la cosa que un taxista de Madrid –no podía ser de otro sitio- hablaba con otro colega presumiendo del equipo de música que había instalado en su vehículo. El lorito en cuestión, que un poco más y elimina una de las plazas de la berlina que le traía el pan a casa, le había costado al buen señor como medio millón de las antiguas pesetas y era la envidia de todo el vecindario. Era en este punto de la historia cuando mi ex impostaba la voz para imitar al personaje: “Pues es el tercer equipo que monto. Hay un cabrón en el barrio que me lo ha robado dos veces. Pero no va a conseguir que me rinda. Él me lo roba, pues yo pongo uno mejor. Conmigo no puede nadie”.

Mi ex contaba aquella historia y terminaba con alguna concatenación de epítetos -animalito, bestia parda, etc.- y una buena carcajada. No hay nada mejor en esta vida que ser práctico y ser sencillo y ambas cualidades chocan abruptamente con la soberbia y la arrogancia escondidas en aquellas frases tercas, ridículas por lo lapidarias. Las que sentenciaban que uno es gilipollas por que le sale de los cojones y, si me apuras, por la gracia de dios. La vida es larga y ancha por eso no hay quien esté a salvo de acariciar ciertas cotas de gilipollez cuando algunos temas, algunas personas, tocan hueso con el lado más sensible de nuestra autoestima, nuestro ego o nuestros supuestos principios. 

La estampa del taxista contando aquella historia, bravuconeando en mitad de un corro en el que todos callaban lo idiota que era, me despierta un sentimiento agridulce. Siempre creemos que somos suficientemente listos como para evitar ciertos niveles de ridículo aunque, pensándolo bien, todos tenemos un lorito del que presumir, un rasgo de nuestro carácter, una costumbre, un objeto, por el  que medimos el calibre de nuestra valía y, como diría PiliB, la medida psicológica de nuestro falo. “Yo es que soy muy mía”, “El que quiera que lo coja y el que no, que lo deje”. “A mí es que esto no me va”, “Yo es que siempre lo he hecho así”.
Todos tenemos un lorito y un ladrón que se ríe de nosotros. Aunque el ladrón no siempre es un colega del trabajo, un amigo o un vecino si no que puede ser la vida misma –una y breve- que malgastamos en defender nuestras posiciones, nuestra identidad, nuestras creencias, sin darnos cuenta de que cada millón de las antiguas pesetas que invertimos en ser invencibles y quedar por encima, podríamos gastarlo, por poner un ejemplo, en viajar al Caribe y hartarnos de mojitos. Porque viajar, como sumergirse en lecturas nuevas, como mezclarse con desconocidos o hacer un deporte desconocido, nos impregna de otras historias y nos deja crecer a lo ancho, que es el crecimiento que verdaderamente cuenta a pesar de lo que diga la industria de la dietética. Porque la vida no siempre es larga y nadie está libre, tampoco los taxistas, de ir paseando por la calle y que le caiga encima una maceta.

lunes, 30 de mayo de 2011

Melodía de la semana

Podría ser sólo una cuestión de tacto, pero es química pura. Olor, sabor, combinaciones de fórmulas con resultados más o menos predecibles. O no. Química como las hormonas, las drogas, el glutamato monosódico, la Coca Cola. Como esa sustancia del cerebro que falta o que sobra. Hoy no me hagas mucho caso, hoy estoy un poco depre. Pues come un poco de chocolate. Pues toma azúcar. O lame sal. O déjate de rollos e invítame a una cerveza. Es química que tiene piel y que también es física. Calor que se traspasa de un cuerpo a otro. Energía que no se crea ni se destruye. Que nos transforma. Química que se siente en la materia, tangible y no, a veces grande y a veces pequeña, tan pequeña como esos electrones casi imaginados de los que habla la cuántica. Real e invisible, como las ganas de seguir comiendo esas patatas de paquete que estimulan las papilas. Patatas impregnadas de Avecrem, él también, pura química. Si me como una no puedo parar. Si me acerco, tampoco. Si me tocas, si te toco. Si no me tocas, si no te toco.

No se puede recordar el dolor. Es el cerebro, que se protege. Intenta revivir una jaqueca, no puedes. No puedes recordar el dolor pero sí como huele, como hueles. Cerca ocurren cosas que la razón no entiende. Lejos falta la física, el calor, el tacto, quedan las fórmulas químicas alojadas en la memoria, los elementos combinados perfecta o imperfectamente. La química instalada en mitad de la masa gris, latiendo al compás de conexiones eléctricas, conectada invisiblemente con en ese espacio a escasos centrímetros de las costillas. Ese espacio que vibra, justo ahí en tu centro, para que te des cuenta. Sólo si las cosas pasan, puedes agarrarte a ellas. Sólo si son intensas, puedes quedarte con ellas. Sólo si has sentido su olor, su calor, su química puedes jugar a plegar la distancia y el tiempo. Entonces compruebas la energía de la frecuencia. 

Sabes, aunque nunca a ciencia cierta, si sigues o no sintiéndote cerca. 


Cada minuto que no estás
Que tú te vas
Hay algo que va mal
Escucho voces sin parar
Diciendo que
Empiezas a olvidar

Te hago daño cuando estoy cerca, tan cerca
Y aunque no quiero no lo puedo controlar
Y si lo intento no consigo despegarme
Y además,
Me haces daño cuando tú te alejas, tú te alejas
Y aunque me digo que no volverá a pasar
Sin duda creo de momento que esto no va a terminar
Si crees que pensaba que yo me planteaba que ocurriera de esta manera
Me desesperas
Es extraño cuando estoy contigo tan cerca
Tan alerta

Quien sabe por donde andarás
Con quien estas
Y quien te abrazara
Quién sabe si te acostarás en tu colchón o en cualquier otro más

Te hago daño cuando estoy cerca, tan cerca
Y aunque no quiero no lo puedo controlar



Y si lo intento no consigo despegarme
Y además,
Me haces daño cuando tú te alejas, tú te alejas
Y aunque me digo que no volverá a pasar
Sin duda creo de momento que esto no va a terminar
Si crees que pensaba que yo me planteaba que ocurriera de esta manera
Me desesperas
Es extraño cuando estoy contigo tan cerca
Tan alerta

He intentado no pensar en lo demás
Aunque crees que pensaba que yo me planteaba que ocurriera de esta manera
Me desesperas
Es extraño cuando estoy contigo tan cerca
Tan alerta

viernes, 27 de mayo de 2011

viernes, 20 de mayo de 2011

Circo y más cosas

Cuando la vida de una la lleva por donde la lleva, cuando va dejando atrás cosas más o menos voluntariamente -a veces, terriblemente involuntariamente- va perdiendo pistas de una vida, de unas claves que en un momento significaron mucho. Es en esos casos cuando una cree que ha perdido importantes cosas noñas -chorras en apariencia- que un día construyeron su identidad.
Hoy, un mensaje en Facebook me ha recordado mil anécdotas infantiles sobre la mesa de comedor de cualquier incauto que me dejara cantar, micrófonos que sonaban como mazos de madera y cepillos del pelo, vestidos improvisados con cortinas viejas, una larga trenza postiza hecha de lana y canciones en los columpios -que los había- de la plazoleta pequeña de La Laguna. Una polaroid sobre la cómoda del dormitorio de mi madre. Con cara de habas, mi prima y yo, las dos absortas junto a una estrella de los ochenta que sonreía con dientes Profidén después de habernos roto el corazón con una frase escupida: "Venga, sí, me hago la foto, qué gente más pesada".
Sí, de alguna manera, Dani tiene razón, Teresa Rabal ha venido sólo por mí...

jueves, 19 de mayo de 2011

Ya está bueno lo bueno II

L dice, parafraseando a Lenin, que la revolución no se hace sino que se organiza. Desde Valencia J asiste a una asamblea con la sensación de que algo está cambiando y Quim Monzó advierte de que es demasiado snob eso de llamar #spanishrevolution a lo que está pasando. Unos buscan conspiraciones judeomasónicas y otros intentan subirse al carro, unos llaman a la abstención activa y otros -entre los que me cuento- hacemos campaña para que nadie deje a un lado esta herramienta, más o menos apaleada, que es el voto en esta maltrecha democracia. El twitter arde, Facebook arde y sólo nos queda cruzar los dedos, usar las manos que, como bien dice Eduardo Galeano en este maravilloso Abracadabra, son nuestras.
Yo creo que, aunque confusas, son buenas noticias.

Frases célebres

Óscar: "Últimamente las comedias románticas tienen una temática común: "treintañeros a los que se les va a pasar el arroz".

lunes, 9 de mayo de 2011

Ya está bueno lo bueno

Una cosa es que un sábado de depre accedamos a leer el horóscopo mientras esperamos en la peluquería de Enrique V. Una cosa es que, cuando arrecia cierto tipo de desesperación, seamos capaces -esto pasa por confesarse- de hacer el gili echándonos las cartas en un portal on line. Una cosa cosa es llamar a PiliB con el corazón encogido y decirle "Nena, ¿te traes las cartas?". Una cosa es que aceptemos una cierta dosis de magia para sobrellevar las cosas que nos cuesta entender.

Otra cosa muy distinta es llegar a creérselo todo a pie juntillas, convertirse en un lelo del sistema. Y, lo que es muchísimo más perverso, sentirse culpable y creer que somos nosotros quienes diseñamos todas las conexiones que nos hacen más o menos infelices. Que hemos provocado hasta lo que no nos merecíamos, que esto nos pasa por quejarnos demasiado, ser excesivamente críticos, por no desearlo con suficiente fuerza, blablabla... Todo, mientras nos dan sopita y, con más o menos intensidad, juegan con nuestras vidas.

Una sonrisa siempre merecerá más la pena que una lágrima pero si no eres capaz de rebelarte contra la injusticia, el abuso, la inercia o la maldad, es muy probable que tu sonrisa termine siendo más resultado del amiplín que de variables objetivas.

Es por esto que el trabajo de Barbara Ehrenreich me parece soberbio. Como se dice en mi tierra cuando nos hartamos y dejamos de tragar: ya está bueno lo bueno.

viernes, 6 de mayo de 2011

Tiranías de la belleza y frikismo estructural

Dos treintañeros, él y ella, charlan sobre sus cuitas...

-Estoy pensando en hacerme la depilación definitiva, con láser.
-Pues mira que bien.
-El único problema es que es muy caro.
-¿Y no tendrías que volver a afeitarte nunca?
-Antes que nada, yo NUNCA me afeito. Y, bueno, con el tiempo puede que salga algún pelo. La cosa es que son 2000 euros.
-Coño, con ese dinero te podrías comprar la espada.
-¿Que espada?
-La espada láser, por supuesto.

martes, 3 de mayo de 2011

Autocensura

Hoy es el Día de la Libertad de Prensa. Más de cuarenta periodistas murieron asesionados en 2010. Manu Bravo, como muchos otros, se debate en una cárcel libia y, mientras tanto, Twitter encabeza un movimiento para dejar a un lado las ruedas de prensa unilaterales en las que los periodistas, vuelven a ser, una vez más, una parte del atrezzo. Ayer medio mundo celebró una ejecución de la que no tenemos pruebas
Todas estas son noticia. No lo son sin embargo las historias pequeñas, dramáticas por lo insignificantes, de todos aquellos profesionales -si todavía nos podemos llamar así- que a base de precariedad, amenazas y competencia extrema aprenden a trabajar con la boca cerrada, no sólo hacia fuera sino hacia dentro.

El código

El marido lleva un tiempo mirándola cuando ella se despierta. Le sonríe. Sabe que lo está haciendo tiernamente. Lo ha visto en muchas escenas: el hombre que contempla con ojos entornados, llenos de amor. Piensa que es un clásico entre las estrellas del celuloide. La esposa, algo hinchada, ha abierto los ojos pero apenas se ha movido, se rasca la nariz con las manos todavía metidas bajo las sábanas y permanece así, callada, esperando cuál será el siguiente movimiento.

Él se aproxima lentamente y tiene mucho cuidado en mantener los ojos abiertos, en que no se le caigan ni por un segundo los párpados. Es así como lo hacen los protagonistas. Es un movimiento recto y decidido que aspira a encontrarla con sus labios. Ella, que ha reconocido el código, tensa los suyos y los contrae. Sube ligeramente la barbilla. El aire cálido exhalado desde los pulmones, que ha atravesado los bronquios y la tráquea para abrirse paso por la garganta, sale al exterior en un gesto sonoro. Es un instante estridente que lleva implícito un reflejo, cierta cantidad de energía, la suficiente para separarles, casi imperceptiblemente, unos milímetros. Es un beso ruidoso que lleva implícito un mensaje, un límite, que no ha nacido para abrir sino para cerrar caminos.

El marido, entonces, se guarda la lengua aproximada, peligrosamente, al filo de los dientes. Se guarda la mano derecha que aspiraba rozar el muslo izquierdo de la mujer. Aprieta las piernas, haciendo chocar las rodillas y se guarda, también, esa erección que le ha hecho -hay que ser ridículo- desperezarse con ganas de un húmedo beso de película.